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Operación Terremoto

Reloj de La Merced marca siete veinte. Padre nuestro que... Anciana apoyada sobre su muleta, estira mano libre frente a puerta de esa iglesia. Santificado sea... Muchachito descalzo corre disparatado, se desliza al interior del templo. Venga a nos... Sobre brazo del hombre que sale junto a muchacha sonriente, caen suciedades de paloma. Reloj marca siete veintidós. Hágase pues... Palomas vuelan en estampida, transeúntes se dispersan enloquecidos, casas y edificios crujen y se parten. El temblor no altera quietud de la iglesia, ni paciencia del reloj, ni tránsito de las agujas.

Estatua de Sal

Paseo Las Palmas, 2 PM, sol que achicharra. La presa inmóvil en la mira. La cazadora se acerca acechante. La presa recibe dos monedas y voltea, estereotipado, perfecto robot. La cazadora alza cuatro centímetros el jumper, humedece labios, adopta pose de torero. Presa estática hace caso omiso. Cazadora recurre a mohín y a micromeneo axé. Presa destella indiferencia. Cazadora le busca los ojos. Dispuesta a enturbiar su deseo, desabrocha blusita escolar y arroja otra moneda. Presa trastabilla en el pedestal. Cazadora anota un punto.

Game Over

“Siempre me pierdo en esta maldita estación”, me dijiste como pidiendo disculpas. No sé para dónde está el norte o el sur, ni cuál es la salida hacia Ahumada. La gente pasaba rápida a nuestro lado. Otras vidas, otras historias que no conoceríamos. Dije lo que tenía que decir. Tú casi no hablaste, pero tus ojos lo decían todo. Nuestras vidas se cruzaron, como los trenes allá abajo. Sólo eso. Sólo tocarnos con la mirada para después partir cargando nuestra costra de soledad. Salí al infierno del centro como un autómata. Eran las siete, y comenzaba a llover.

San Cristobal Nevado

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El San Cristobal visto como pocas veces, en la ultima nevazón de agosto del 2007.

Virgen que frío!

El Billete

El billete estaba arrugado, sucio, tirado en el Paseo Ahumada. Miró hacia todas partes, lo recogió y con fuerzas lo introdujo en el bolsillo de su bluyin. Comenzó a pensar qué hacer. Un regalo para su madre, zapatos para su hijo, una rosa para María... pero lo primero es lo primero. Se dirigió al local más cercano y pidió un shop con su correspondiente italiano. Tras mirarlo con recelo, la mesera le llevó el pedido, el cual fue devorado rápidamente. Pidió la cuenta y buscó en su bluyin el billete, pero sólo encontró el hoyo que María prometió coser.

La Bolsa y la Vida

Como todas, nací pura. Como todas, también, me entregué fácil a la vida, arrastrándome sucia por las calles, perdiéndome semanas enteras en los baldíos para que abusaran de mí los perros y los niños en sus pichangas. Pero vino el viento y me elevé por sobre las piedras con mi transparencia plástica, con mis heridas. Llegué no sé cómo al Parque O’Higgins y hoy pertenezco a un sólo hombre, a un marginal que supo encontrar en mí a su compañera, a su protectora en los días de lluvia, aquí arriba en su cabeza.

Último Asiento

Disfrutaba de ese baile con su amado. Ambos descalzos, ojos cerrados, luz tenue. De pronto, se sintió remecida. Abrió los ojos para encontrar su mirada, pero lo que encontró fue la mirada de la gente y al joven a su lado tratando de despertarla para que sacara la cara de su hombro y lo dejara bajar. Unos niños se reían descarados. Sintió la cara ardiendo, limpió la saliva en la boca, miró por la ventana para ver cuánto le faltaba, sacó un libro de la cartera, puso cara de intelectual y siguió hasta Plaza Italia.

No me mires

¿Qué me mira tanto esta señora? ¿Por qué no hace como todos, ver cómo se curva el tren boa, leer avisos? Bien, allá voy. Grandes ojos azul pálido. Diez segundos. Los abre más, sus pupilas se contraen. Veinte segundos. Bajan algunos, interceptando el haz de nuestras miradas. Treinta segundos. Me lloran los ojos, pestañeo. Perdí. Segundo intento. Miro fijo sus zapatos, eso nadie puede soportarlo. Son elegantes, caros, impecables. Levanto la vista y ¡está mirando los míos! Touché. Definitivamente es una profesional.

Y No

Eran el uno para el otro. Caminatas pisando hojas de otoño, conversaciones eternas tomando vino, adivinándose las ideas incluso no estando juntos. Juan podía estar en una librería y Pedro caminando por Providencia, y a la misma hora veían una imagen e inevitablemente ansiaban verse. El problema es que nunca se lo dijeron. El problema es que pocas veces pisaban hojas de otoño. Y no se besaban. Eran el uno para el otro, pero Juan estaba casado y Pedro era de esos que observan desde lejos y sacan fotos con los ojos. Tenía varias de Juan en su dormitorio.

Antes

“Antes era diferente”, repite el viejo sentado, como todas las mañanas, en el banco de la Plaza de Armas. Se podía caminar sin temor, se podía respirar sin sufrir, alimentar a las palomas sin que éstas se mostraran desconfiadas de las migas que uno amablemente les ofrecía. “Ya lo dijo alguien, todo tiempo pasado es fue mejor”, continúa su discurso sin fin, sin comienzo, repetido hasta la saciedad.