Ir al Monumental siempre es riesgoso, pero esto realmente asusta. Imaginé que sería la forma más segura de llegar, aunque, ahora, rodeado de cientos de colocolinos, no pienso igual. El vagón del Metro se menea de un lado a otro al ritmo de los cánticos de una frenética Garra Blanca. Todos me miran, pero ya falta poco. Nada me delata, excepto mi rigidez... Sólo un poco más. Casi puedo divisar la estación Pedreros. Entonces, la maldita manga de mi polerón se desliza hacia abajo, dejando al descubierto mi pulsera de la “U”. Un frío de muerte me recorre.