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Beauchef 850

Llegué una mañana de marzo. Era muy temprano y había algo de bruma. Ingenuamente esperaba una academia de magia, llena de talentosos brujos discutiendo fórmulas para alterar la realidad. Me encontré en cambio con un montón de bárbaros. Me uní a ellos, y para mi sorpresa igual aprendí a alterar la realidad. Si tan sólo supiera cómo se supone que debe ser, el problema estaría resuelto.

Río Mapocho

Verano. Me visitó Oliver, el alemán. Un día, volvió quejándose sobre el raquítico río Mapocho. Yo sabía que era un río “importante”, dijo burlándose. Era verdad. Me avergoncé todo el otoño del hilo turbio que corría miserablemente. No es que yo defendiera al Mapocho, pero ese invierno creció y se desbordó como nunca (recuperando la Alameda, quizás). En primavera, le envié fotografías del Mapocho arrastrando casas y automóviles. ¿Qué creía, que tenemos un río picante? El verano siguiente visité a Oliver para espiar sus ríos.

Hora de Incidentes

Espero el Metro. Siento un rumor desde el túnel y aparece una manada de rinocerontes. “Ahora sí”, dice un jubilado al escuchar un pitazo, pero es el tren expreso a Chiguayante lleno de huasos agitando pañuelos. El público impaciente organiza una pichanga entre andenes: San Pablo 2, Escuela Militar 0. Por fin llega el Metro extrañamente iluminado, parece árbol de pascua. Subimos, está lleno de alienígenas que nos abducen. Nos encomendamos al Señor, Él nos escucha y somos liberados junto a la Virgen del San Cristóbal. El funicular no funciona, tenemos que bajar a pie...

El Botón Azul

Recién comprado era el vestón que lucía Joaquín. Gris, de botones azules. Tres meses esperó para tenerlo y finalmente hoy podía vestirlo. Decidió salir a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Sentado en el andén, esperaba el carro que lo llevaría hasta la Plaza de Armas. Estaba emocionado. Él y su vestón nuevo; de lanilla natural, de marca, de primera calidad, único en su estilo. Al llegar el carro, ingresó con destacada galanura. Dentro, palideció: ¡Faltaba un botón! Miró a su alrededor y entonces lo vio, afuera, en el andén, justo cuando el vagón cerraba las puertas.

Perfidia

Amanece. El cerro San Cristóbal me mira, cínicamente, con ojos de virgen.

Cortometraje

Aquí estaba el depto de un gran amigo, sede de memorables carretes, que sirvió además de locación principal para mi segundo cortometraje (aptamente titulado "2"). El cortometraje anduvo en un par de festivales, incluyendo uno de cine experimental en París, de donde fue a dar a la Feria del Arte de Moscú, teloneando un largo basado en una novela escrita por un ruso que vio mi trabajo en ese festival. Mi amigo ahora vive en otro lado, feliz con su mujer, su hija, y un gato llamado Osama.

Deportes Extremos

Oficialmente, el record aún lo ostenta Juan “Mundongo” Muñoz: un minuto y dieciséis segundos entre Huérfanos y Alameda, con una chequera. Sin embargo, en diciembre del ’95, estuvo a punto de ser destronado por Carlitos “Correcaminos” Parrao, quien zigzagueó a una velocidad increíble con una cadenita de plata. Lamentablemente, un golpe de maletín en el rostro lo derribó veinte metros antes de batir el esquivo record.

Metro Los Héroes

Aquí llega el Metro, atestado de gente como todas las mañanas. Escojo con la mirada desde el andén a mi víctima, mientras repaso mentalmente el plan. Se abren las puertas. El último en bajar es un hombre todavía somnoliento. “Mi víctima”, digo para mis adentros. Él me mira de reojo y entonces ataco: “Hola, ¿cómo está?”, le digo, mientras subo y avanzo por el carro. Él gira. Las puertas se cierran y veo con satisfacción su cara de incertidumbre. Pobre hombre, pensará todo el día quién lo saludó, y yo, no puedo esperar hasta mañana a mi siguiente víctima.

El Parque

Un día, como a los ocho años, caminaba con mi padre hacia el parque O’Higgins. Me sentía muy alegre, porque él no acostumbraba sacarme a pasear. Cruzando San Ignacio, se detuvo un auto con un señor de bigotes. A su lado, una rubia princesa. Ella me sonrió, después se alejaron. Mi padre me dijo: “¿Qué miras? Olvídalo. No son como nosotros”. Y me apuró del brazo. Después se desvió al primer bar que encontramos, pidió una cerveza para él y una Bilz para mí. Luego se tomó otra y otra. Nunca llegamos al parque.

Una Noche

La Tina me había dicho que sería fácil, que era “llegar y llevar”, que así podría irme de la casa y ser “autosuficiente”. Eran las tres de la mañana cuando me junté con el Poroto. Me dijo que iba a ser relindo, que aprendería todo lo necesario para satisfacer a los clientes. Caminamos por el Forestal, pasamos una pileta y allí, donde se había quemado una ampolleta, nos pusimos detrás de un árbol. Me tumbó en la tierra. Sentía que mi pelo se impregnaba con ese olor húmedo mezclado con mierda de perro. Y así fue como comenzó todo.