Planchar las toallas, cruzar en las esquinas, pellizcarse la cara, comer por colores, cambiar la letra de las canciones, celebrar en Plaza Italia, no comprar a crédito, desconfiar de los horóscopos… Recordaba en voz alta las mañas heredadas su madre, que pensó inservibles, mientras el agua caliente empañaba los espejos de su nuevo departamento de soltero. Pero ahora, bajo el chorro, sonreía también recordando su matrimonio roto después de tantas chivas magistrales, por la tan estúpida maña de guardar las boletas en el velador.