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Normandie

Mariana y José eran como el día y la noche, tan distintos que en los cuatro años que llevaban en la universidad jamás habían intercambiado palabra. Pero una tarde de lluvia que se encontraron en la boletería del Normandie, descubrieron que tenían muchas cosas en común y decidieron entrar juntos a ver una película antigua. La mayoría de las butacas estaban vacías en la fría sala de cine y los compañeros se sentaron, por primera vez, uno al lado del otro. Cuando apagaron las luces, José miró a Mariana y ella le sonrió segundos antes de que la película comenzara.

Holocausto

Una vez abierta la entrada comencé a bajar por las frías escaleras hacia la oscuridad. ¡Cuánto tiempo había pasado! Los líquenes cubrían gran parte de las paredes, la humedad se sentía en el aire. Llegando al primer nivel, iluminé con mi linterna una gran bóveda alargada, una especie de túnel cubierto de hermosos mosaicos. Hubiera pensado que era un sistema de navegación subterránea, pero era tal la claridad del agua que me permitió ver los rieles en el fondo. Esta especie de tren cubría kilómetros y kilómetros, como un torrente sanguíneo de la tierra.

Vieja Costumbre

Planchar las toallas, cruzar en las esquinas, pellizcarse la cara, comer por colores, cambiar la letra de las canciones, celebrar en Plaza Italia, no comprar a crédito, desconfiar de los horóscopos… Recordaba en voz alta las mañas heredadas su madre, que pensó inservibles, mientras el agua caliente empañaba los espejos de su nuevo departamento de soltero. Pero ahora, bajo el chorro, sonreía también recordando su matrimonio roto después de tantas chivas magistrales, por la tan estúpida maña de guardar las boletas en el velador.

Tímido de Segunda

Innumerables veces pensé en acercarme y preguntarte el nombre al regresar del trabajo. Siempre estabas ahí, en la estación Los Leones, callada, con tu delantal verde, abrazando los diarios de la tarde para abrigarte. Entre la multitud anónima pasaba por tu lado sin que me vieras y miraba tus ojos negros y grandes cada día, hasta que, sin que fuera noticia, ya no estabas. Te reemplaza una señora que grita el nombre del diario. El mismo diario que te daba calor y que yo nunca me acerqué a comprarte, no por timidez, sino porque lo leía en la oficina.

Dostoievsky

Habría observado con detención a las personas salir humeantes de la boca del Metro. Habría atravesado estupefacto la Moneda bajo la lluvia. Pensativo, le habría comprado una sopaipilla a un perro hambriento cerca del Santa Lucía. Habría cruzado alegremente calles inundadas con niños corriendo a su lado. Le habría levantado el puño a los agresivos e invasores automóviles. Habría probado el mejor navegado en La Piojera con unos amigos. Habría llorado y reído, sentado en un banco, mirando la gente, esperando la micro, entumido. Y habría esperado la nieve, en vano.

De Mall

Ella se probó varios vestidos de noche mientras yo revisaba unas chaquetas de cuero. Tras eso, nos detuvimos sospechosamente más tiempo del habitual frente a las argollas de una joyería. Oscurecía ya, mientras paseábamos por el cine, evaluando cuál de las películas allí exhibidas compraríamos pirateada en Ahumada. Ya se acababa el día y aceleramos para alcanzar a tomar el último viaje del Metro. Llegamos a nuestra estación felices, de la mano, aun sabiendo que nos quedaban más de quince cuadras de camino. Por suerte nos alcanzó la plata para un par de sopaipillas.

Vedette Celestial

Tendría que lucir distinta aunque fuera una vez en su existencia. Tendría que sacarse toda la carga de años que llevaba a cuestas. Tendría que acallar todo lo dicho durante siglos. Habría que transformar su pálida belleza en el reflejo de la ciudad que observaba cada día. Sólo tendríamos que llegar hasta la punta del cerro y colocar unos reflectores con ampolletas rojas para que la Virgen se transformara y llegara a ser aquello que nunca sería: la vedette de una fría noche de invierno capitalino.

El Espejo

Todas nuestras caras se reflejaban en el vidrio de las puertas del Metro. En eso estábamos hasta que llegamos a la estación donde el locutor/conductor dijo: “Héroes”. Y ahí estábamos todos reflejados en los espejos de siempre, con las caras de sueño de siempre. “Héroes”, dijo, “combinación línea dos”.

Santoago Oriente

Kali camina por Estación Central con sus cuatro brazos al viento y su camiseta de Ronaldinho. En una mano sostiene una espada y en la otra un bolso escrito en sánscrito comprado en Bandera. Almuerza chapsui y mongoliana en San Pablo, bajo la mirada sonriente de un gordinflón Buda de porcelana. Recorre la ciudad en micro: Alameda, Mapocho, Gaza y Seúl. En Patronato regatea telas de Don Abdul y conversa con un opositor de Kim Jong II. Termina la jornada en el motel de Margas yaciendo amorosamente con su Shiva envueltos en curry, incienso y salsa de tamarindo.