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Avisos

Faltan veinte segundos. Las palabras se preparan en su garganta. Es su primera vez y está nervioso. Junto a la ventana, Fernando García (junior, 30) acerca su mano a la pierna de Magaly (secretaria, 27). De pie, frente a una de las puertas, Rodrigo Navas (estudiante, 12) piensa cómo decirle a su padre, Raúl Navas (abogado, 40), que tendrá que repetir de curso. Diez segundos, el sudor frío en la espalda, las palabras adquiriendo consistencia. El Metro se detiene y su frase triunfal “estación Baquedano, lugar de combinación con línea 5” pasa desapercibida entre dos cachetadas

Inventario

Martirio se levanta y cuenta sus dedos, de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba. La noche anterior ha soñado que le amputaban las piernas y teme haber dejado algo más que sudor en la vigilia. No sería la primera vez. Cada noche sueña algo distinto y siempre falta algo cuando despierta. Una foto de Santiago Centro en 1953. Lo anota en su diario y respira tranquilo. Su padre se pasó toda la vida estudiando esas extrañas desapariciones y ésa fue la fórmula que encontró para convivir con ellas. Agónico le reveló su último descubrimiento: los sueños roban cachureos.

La Escenografía

Aquí estoy con mi airecito francés, frente a la estatua de Ícaro y Dédalo. Una vez te mentí. No soy pariente de la Rebeca Matte, quería darle un poco de glamour a mi imagen. Cuando llegues, me vas a mirar con esa indolencia que me hace más pequeña. Tomaremos el Metro. Observaré mi rostro reflejado en las puertas. Observaré el tuyo, que mira otros rostros. Llegaremos a mi departamentito con patio interior. Lo elegí porque era lo más parecido a una casa. Elegí el museo para esperarte. Siempre es necesaria una buena escenografía para un mal guión.

Las Delicias

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Nadie lo ve, él no mendiga. Desde el suelo, los ojos del vagabundo van y vienen mirando la Alameda de las Delicias. Entre ruidos de tranvías y carros, su mente recorre los recientes acontecimientos de su vida. La toma del Seguro Obrero, el escape milagroso, la expulsión de su familia… Luego la gran y eterna calle. El caminar de su pensamiento es bruscamente detenido por el timbre de un teléfono celular. Desesperado, como pellizcándose un brazo, mira a su costado. Nada malo sucede, la calma retorna al contemplar el gran Café Torres. Lentamente vuelve el ruido de los tranvías.

Versos del Ciudadano

Se casaron y pusieron un carro de completos en Gran Avenida. Pero el negocio no andaba bien. Pablo, sonriendo, le repetía a su mujer: “Todo lo llenas tú, Gaby. Todo lo llenas”. Gabriela, conociéndolo, le respondía que esa sonrisa era una forma de llorar con bondad, pero él sacudía la cabeza. Llegó el primer hijo, que como dijo su madre al verlo, tenía un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Así que le pusieron Vicente. La primera vez que lo llevaron al carro, el viento inundaba de un olor a completos calientitos toda la Gran Avenida.

Refugio

Ahora el frío estaba en Chile, a los pies de la cordillera, rodeado por la nieve de una silenciosa montaña, que nos refugió para que tranquilos pudiéramos recuperar algo de las palabras extraviadas. Aún estoy conmovida, extrañada, alegre, nostálgica y aturdida porque no dejo de pensar cómo hubiese sido esta historia con un par de cambios mínimos, con una palabra menos en el minuto oportuno o con otra de más en una conversación telefónica. Estoy hablando a destiempo, estoy con las palabras atoradas hoy y con el recuerdo permanente de ayer.

Intemperie

Vendí a consignación revistas Quirquincho y Papaya. También vendí en la Vega Central revistas pornográficas que un amigo traía de Brasil, además de Metropolitan y Playboy. El negocio siempre fue incierto. Debí recorrer medio Santiago para poder almorzar y beber un bigoteado decente en San Diego. Los clientes buenos estaban en la Plaza Almagro. Nunca tuve un maldito peso. Siempre usé el mismo vestón brilloso y los pantalones pinzados que me regaló Carlota en Bismark. Qué alegría haberme encontrado con ella ese miércoles. Me llevó a su departamento en Santa Isabel.

Requiem de Medianoche

Doblo la esquina. Respiro hondo. Las trenzas derramándose en mi espalda me recuerdan que mi cuerpo pugna por escapar del vestido excesivamente brillante. Detengo la mano frente a mi boca y respiro el profundo soplo de la desesperación. Mis manos lánguidas descansan muertas en la roja y estrecha falda y el viento inmóvil se mofa desde la otra esquina. Enfilando por la Alameda, se detiene a mis pies. Una fuerza invisible me precipita dentro, el taxímetro no corre y la oscuridad resguarda al conductor, que sin prisa se sienta a mi lado.

Los Monos de Baquedano Manipulan la Mente

Nos bajamos en el andén, tú pensando en llegar y yo en el momento en que nos despediríamos. Ese día pensaba dejarte, no por falta de amor, sino por miedo. Sí, ese miedo que me perseguía desde que cumplimos dos meses. Sonó el timbre y llegamos a Baquedano. Una llamada me salvó de tus cariños, esos que seguramente me harían arrepentir. Te reíste de las caras de los monos que hay en las paredes. “No tienen concepto”, dijiste. Yo sólo me reí. Me reí de mí, de cómo en estos años me volviste dependiente y ya no era capaz de dejarte.

Vida Goteada

Parado en la barra del Haití, observo a aquel hombre parado frente a mí, que viene a diario desde hace mucho. Llega temprano y puntual. Apenas lo ve, la niña grita: “Té goteado simple para servir”. En jerga significa té con leche, con poco y nada de té y casi sin leche. Lo bebe con una tableta de sacarina, que endulza pero no tanto. Termino mi té y salgo. También él. Me pregunto si su vida será como su té: un poco de todo, sólo que sin sustancia. Amores, sabores y aromas a medias. Vida goteada simple.