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Johnny Rotten

El Johnny Rotten camina pateando basureros por Plaza Italia. Todas las minitas andan tras él. Se pasea con su mohicano rojo y su chaqueta The Exploited. Le pegó a un skinhead en Maipú y a un hardcore en Indepe. Un día llegó con un bate al Bar de René y se paró con todos los chascones. Es muy punkie, el más rudo. Pero Johnny Rotten llega a casa, se despoja de su anárquico uniforme, ayuda a su hermanito a hacer la tarea, poda el césped, compra el pan, cuida a su abuelita. Es muy buen cabro.

Ruby Reencarnada en una Mendiga

Llevaba sentada horas, observando ir y venir a trenes sin decidir qué hacer. Los miraba desde lejos con el riel como punto de fuga. Comenzaba a construir su propio cuadro gris. Y verde, cómo le gustaba el verde. Imaginaba la Estación Central añeja, insípida, descuadrada. Tenía esa manía de abstraerse de la realidad, de buscar un pasaje en su memoria inventada y reformar el alrededor. Su cuerpo triste y su ropa oscura harían pensar que rezaba. Sin embargo no estaba triste, ni menos rezaba. Dejaba pasar sus días así: siempre estampados por el humo y los silbidos de frenos.

Cristo en el Metro

Vi a Cristo en el Metro, es lindo y de mirada celeste. Tiene el pelo largo y rubio. Miraba los avisos del carro como mirando las estrellas. Seguramente nadie se dio cuenta de que era Él. Sólo yo. Nadie lo miraba. Sólo yo. Nadie tiene idea de que anda dando vueltas por las estaciones del Metro y que para camuflarse usa una mochila verde y un beatle rojo. Y que va a la universidad, seguramente a la Usach porque ahí se bajó. Cuando se fue me cerró un ojo. Seguramente me tiró una bendición.

El Negrito

Todas las mañanas amanece a los pies del caballo de Valdivia, sintiéndose un ciudadano, un chileno. No puede ir al baño que está en la plaza porque cien pesos al amanecer son una fortuna para el Negrito, como sus conocidos le dicen. Su rostro está cubierto por una capa de mugre y sus manos también. Todos comentan que hace cinco años que no se baña. Un día un pintor de la plaza lo retrató. En dos días terminó el óleo. De inmediato lo vendió a un turista por cien dólares.

¿Qué hice anoche?

Salgo a la calle y no sé dónde estoy. Llovizna. Es sin duda muy temprano. El autoservicio de la bencinera de Diagonal Paraguay está lleno. Con un café se me pasa el frío. Con otro me quemo y se me cae. Queda la cagá y me retan los vendedores. La gente me mira raro y no sé por qué. Me voy. Camino por Vicuña sin poder recordar qué hice anoche.

Un Segundo

Se paró en la mitad del Paseo Ahumada y comenzó a gritar. Entonces lo comprobó. Sí, es posible detener el mundo por un segundo.

Lo Hago por Ella

Varias veces me lo ha preguntado. Que por qué voy en Metro a verla, si es sólo una estación. Pensará que soy flojo. Mejor así. No sabe que le conviene. Que lo hago por ella. Que el túnel y sus luces blancas y moradas me ayudan a separar las cosas, a ser quien quiere que yo sea. Que me entierro en Manuel Montt enamorado de su padre y emerjo en Pedro de Valdivia enamorado de ella.

Memento Mori

Para fotografiar cadáveres gané la confianza de un par de pompas fúnebres cercanas, conviniendo pagar los costos de los entierros a cambio de retratar al muerto antes de su sepultura. Sin embargo, demoraba meses en conseguir uno. Los trasladaba a mi taller de Franklin, un antiguo club de boxeo que conservaba su ring. Allí, un enorme freezer de matadero servía como depósito provisorio para protegerme en verano del hedor y conservar los cuerpos antes de retratarlos. El último cadáver llegó fresco. Un vecino se suicidó dejando una carta: solicitaba un retrato mío.

Carmen

De la estación Santa Lucía se sale a la calle Carmen. A poco andar hay un motel con piezas decoradas como cabañas. En agosto, cuando llueve y hay tormenta, el agua que cae sobre las planchas de zinc se siente como si fueran baldazos. Los gatos salen de sus escondites y saltan entre los techos. Se resbalan, pelean entre ellos y ruedan, dándole al ambiente un tono cinematográfico: escandalosos maullidos entre fuertes truenos, deslumbrantes relámpagos y lluvia copiosa. Adentro los abrazos se sienten más tibios, más amorosos y menos ganas dan de levantarse.

El Río

Recorro la ciudad de mi infancia junto a mi esposa extranjera, de regreso tras años de ausencia. Ella considera pintoresco el río. No es el Sena ni el Támesis o el Arno. Comparado con ellos es apenas un surco en la tierra, una herida que divide la ciudad con su irritable corriente que arrastra desechos humanos y animales. Una vez, cuando niño, vi flotar cuerpos humanos boca abajo. Mi esposa dice que no, que debo haberlo imaginado, porque esas cosas ya no pasan en el mundo desde hace mucho tiempo.