Javascript is required to view this map.

La Mejor de Santiago

La mejor cancha es la del Parque Araucano, por lejos. Un aro está algo caído, falta un trozo de tablero y no hay redes. El piso tiene fisuras. Una vez llegaron unos creídos: “El que gana a los 15 se queda en la cancha”. Eran grandes y viejos, como de 20, pero les hicimos tragar la soberbia. No sabían nada de botear esquivando grietas, rebotar bandejas contra pedazos de tablero y encestar triples en aros torcidos. El otro día el administrador nos dijo feliz que nos quería arreglar la cancha. Está loco.

Cuesco Status Quo

El guatón Juancho aparecía en los meses de verano, pero jamás se le veía en invierno. Llegaba corriendo y se iba al anochecer después de la última pichanga. Con sus dedos chorreados de duraznos maduros, reía y reía sentado en un sauce sobre el Mapocho. Nadie comía tantos. Cuando la rama cedió, el río se lo llevó velozmente. Su padre salió a buscarlo hasta encontrarlo kilómetros más allá. En su taller aún conserva un remo desteñido. Yo tengo un cuesco que cayó de su pantalón cuando acercaron el cuerpo a la orilla. Quizás lo plante algún día.

Ciudad Hambrienta

El vagabundo se arrellanó en la covacha de cartón improvisada en pleno Parque Forestal. “Hace más frío que la cresta”, pensó, desesperado. Era cierto. La brisa invernal cortaba como un cuchillo. Los informes de tiempo pronosticados para esa noche auguraban una temperatura mínima de menos un grado. El hombre, entumecido hasta los huesos, consiguió quedarse dormido. Tuvo un sueño extraño. Intentaba escurrirse de las manos de un Polifemo, un gigante mayestático y monstruoso. Al día siguiente sus cuatro perros le cubrieron la cara de lengüetazos para despertarlo.

Mi primera Gringa

Le digo una serie de mentiras. Que nací acá (nací en Temuco), que soy guía turístico en mis ratos libres (nunca lo he sido). Que, si quiere (y gratis, of course), le muestro la city. Estrujo todo mi inglés para conquistarla. Es tan naturalmente rubia y bella… Le gusta la ciudad que me invento, los datos que suelto, el ritmo con que remontamos el Santa Lucía. Nos miran. La llevo donde siempre. No sé por qué lo hago (nunca lo sé). Es mi primera gringa. Se resiste, pero la doblego igual. Te amo, le digo. Eso sí que es verdad.

Los Niños del Metrotren

Se golpeaban y se reían de ellos en la misma medida. Saltaban por las líneas del Metrotren y el paisaje de latones y basura les era indiferente. Eran cinco y querían ser cinco por lo menos hasta su adolescencia. Sólo miraban con respeto los viejos postes telegráficos que partían hasta Rancagua. Algo de eso habían escuchado en la escuela y, teniendo once años y nada, era lo más cerca que creían estar de lo infinito.

Jaque Mate

“¡Ándate a la mierda, infeliz!”, le gritó ella, justo antes de escupirle el rostro, abofetearlo y salir dando un portazo. El campeón no intentó detenerla. Se quedó un buen rato en su habitación, tranquilo, pensando. Luego, tomó el tablero y caminó lento por Ahumada. Compró cigarros donde siempre, sin dejar de repasar la escena, hasta que llegó a la plaza y se ubicó en el sitio acostumbrado. Le dio un par de vueltas al asunto, mientras despachaba simultáneamente a seis rivales, y al fin llegó a una conclusión: tantos años estudiando... y ningunas defensa ante ese ataque.

Corre, Lucho, Corre

Luis salió corriendo de su casa, agarró una micro en la esquina, luego se subió al último carro en Bellavista de La Florida, emergió en Moneda, corrió a su oficina, marcó la tarjeta de ingreso y su jefe lo esperaba con varias tareas pendientes. Pero no pudo parar y siguió corriendo sin motivo aparente. Ahora es uno de los presurosos transeúntes que forman parte de la fauna céntrica. Cumple circuitos improvisados y pese a que todo el mundo le pregunta por qué corre, él se encoge de hombros y dice no tener tiempo para responder.

Venganza Oriental

Cuando supe que el culpable de mis padecimientos era el Plátano Oriental, decidí buscarlo. Con mi hinchada y enrojecida nariz, los ojos como empanada de queso, pero con un espléndido traje de karate y un cintillo blanco, salí tras el delincuente. En un bar oí que se escondía cerca de Avenida Salvador. Me encaminé sigilosamente, escondiéndome entre los árboles con serias intenciones de venganza. Me arrastré acechante sobre las hojas caídas. El viento pegaba en mi cara. De los árboles llovían extrañas pelusas, no podía respirar. Todo oscureció. Desperté en Urgencias.

Añoranza

Y después de quince años llorándola la vino a encontrar colgada y semidesnuda en un taller mecánico de Diez de Julio.

Flautista en la Oscuridad

Una inyección de penicilina lo dejó ciego cuando niño. Estudió ingeniería en sonido, pero luego del Golpe Militar le quitaron la beca. Lleva 20 años tocando suaves melodías con su flauta dulce en Providencia y, cuando hace calor, usa un simpático quitasol de papel para evitar las quemaduras en su blanca piel. Tiene 55 años, tres hijas y un perro. Extraña los azules del cielo, pero está feliz con su vida. Hoy no distingue ni las sombras, pero a veces cuando sueña, ve todo tan claro como en aquellos días de infancia perfecta.