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Corre, Lucho, Corre

Luis salió corriendo de su casa, agarró una micro en la esquina, luego se subió al último carro en Bellavista de La Florida, emergió en Moneda, corrió a su oficina, marcó la tarjeta de ingreso y su jefe lo esperaba con varias tareas pendientes. Pero no pudo parar y siguió corriendo sin motivo aparente. Ahora es uno de los presurosos transeúntes que forman parte de la fauna céntrica. Cumple circuitos improvisados y pese a que todo el mundo le pregunta por qué corre, él se encoge de hombros y dice no tener tiempo para responder.

 

Ruby Reencarnada en una Mendiga

Llevaba sentada horas, observando ir y venir a trenes sin decidir qué hacer. Los miraba desde lejos con el riel como punto de fuga. Comenzaba a construir su propio cuadro gris. Y verde, cómo le gustaba el verde. Imaginaba la Estación Central añeja, insípida, descuadrada. Tenía esa manía de abstraerse de la realidad, de buscar un pasaje en su memoria inventada y reformar el alrededor. Su cuerpo triste y su ropa oscura harían pensar que rezaba. Sin embargo no estaba triste, ni menos rezaba. Dejaba pasar sus días así: siempre estampados por el humo y los silbidos de frenos.

Cristo en el Metro

Vi a Cristo en el Metro, es lindo y de mirada celeste. Tiene el pelo largo y rubio. Miraba los avisos del carro como mirando las estrellas. Seguramente nadie se dio cuenta de que era Él. Sólo yo. Nadie lo miraba. Sólo yo. Nadie tiene idea de que anda dando vueltas por las estaciones del Metro y que para camuflarse usa una mochila verde y un beatle rojo. Y que va a la universidad, seguramente a la Usach porque ahí se bajó. Cuando se fue me cerró un ojo. Seguramente me tiró una bendición.

La Escenografía

Aquí estoy con mi airecito francés, frente a la estatua de Ícaro y Dédalo. Una vez te mentí. No soy pariente de la Rebeca Matte, quería darle un poco de glamour a mi imagen. Cuando llegues, me vas a mirar con esa indolencia que me hace más pequeña. Tomaremos el Metro. Observaré mi rostro reflejado en las puertas. Observaré el tuyo, que mira otros rostros. Llegaremos a mi departamentito con patio interior. Lo elegí porque era lo más parecido a una casa. Elegí el museo para esperarte. Siempre es necesaria una buena escenografía para un mal guión.

De Mall

Ella se probó varios vestidos de noche mientras yo revisaba unas chaquetas de cuero. Tras eso, nos detuvimos sospechosamente más tiempo del habitual frente a las argollas de una joyería. Oscurecía ya, mientras paseábamos por el cine, evaluando cuál de las películas allí exhibidas compraríamos pirateada en Ahumada. Ya se acababa el día y aceleramos para alcanzar a tomar el último viaje del Metro. Llegamos a nuestra estación felices, de la mano, aun sabiendo que nos quedaban más de quince cuadras de camino. Por suerte nos alcanzó la plata para un par de sopaipillas.

El Espejo

Todas nuestras caras se reflejaban en el vidrio de las puertas del Metro. En eso estábamos hasta que llegamos a la estación donde el locutor/conductor dijo: “Héroes”. Y ahí estábamos todos reflejados en los espejos de siempre, con las caras de sueño de siempre. “Héroes”, dijo, “combinación línea dos”.

Hora de Incidentes

Espero el Metro. Siento un rumor desde el túnel y aparece una manada de rinocerontes. “Ahora sí”, dice un jubilado al escuchar un pitazo, pero es el tren expreso a Chiguayante lleno de huasos agitando pañuelos. El público impaciente organiza una pichanga entre andenes: San Pablo 2, Escuela Militar 0. Por fin llega el Metro extrañamente iluminado, parece árbol de pascua. Subimos, está lleno de alienígenas que nos abducen. Nos encomendamos al Señor, Él nos escucha y somos liberados junto a la Virgen del San Cristóbal. El funicular no funciona, tenemos que bajar a pie...

El Botón Azul

Recién comprado era el vestón que lucía Joaquín. Gris, de botones azules. Tres meses esperó para tenerlo y finalmente hoy podía vestirlo. Decidió salir a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Sentado en el andén, esperaba el carro que lo llevaría hasta la Plaza de Armas. Estaba emocionado. Él y su vestón nuevo; de lanilla natural, de marca, de primera calidad, único en su estilo. Al llegar el carro, ingresó con destacada galanura. Dentro, palideció: ¡Faltaba un botón! Miró a su alrededor y entonces lo vio, afuera, en el andén, justo cuando el vagón cerraba las puertas.

Último Asiento

Disfrutaba de ese baile con su amado. Ambos descalzos, ojos cerrados, luz tenue. De pronto, se sintió remecida. Abrió los ojos para encontrar su mirada, pero lo que encontró fue la mirada de la gente y al joven a su lado tratando de despertarla para que sacara la cara de su hombro y lo dejara bajar. Unos niños se reían descarados. Sintió la cara ardiendo, limpió la saliva en la boca, miró por la ventana para ver cuánto le faltaba, sacó un libro de la cartera, puso cara de intelectual y siguió hasta Plaza Italia.

No me mires

¿Qué me mira tanto esta señora? ¿Por qué no hace como todos, ver cómo se curva el tren boa, leer avisos? Bien, allá voy. Grandes ojos azul pálido. Diez segundos. Los abre más, sus pupilas se contraen. Veinte segundos. Bajan algunos, interceptando el haz de nuestras miradas. Treinta segundos. Me lloran los ojos, pestañeo. Perdí. Segundo intento. Miro fijo sus zapatos, eso nadie puede soportarlo. Son elegantes, caros, impecables. Levanto la vista y ¡está mirando los míos! Touché. Definitivamente es una profesional.

Orgullo Ciudadano: Subcentro Las Condes

Desde que tengo memoria, hoy día por primera vez me sentí realmente orgulloso al conocer un espacio urbano en Santiago: ni más ni menos que el Subcentro Las Condes. Sin ser un usuario constante y sin saber demasiado de cómo funciona, me dio la sensación de que este proyecto en verdad la lleva.
Ver más: http://www.plataformaurbana.cl/archive/2...

Lo Hago por Ella

Varias veces me lo ha preguntado. Que por qué voy en Metro a verla, si es sólo una estación. Pensará que soy flojo. Mejor así. No sabe que le conviene. Que lo hago por ella. Que el túnel y sus luces blancas y moradas me ayudan a separar las cosas, a ser quien quiere que yo sea. Que me entierro en Manuel Montt enamorado de su padre y emerjo en Pedro de Valdivia enamorado de ella.

Avisos

Faltan veinte segundos. Las palabras se preparan en su garganta. Es su primera vez y está nervioso. Junto a la ventana, Fernando García (junior, 30) acerca su mano a la pierna de Magaly (secretaria, 27). De pie, frente a una de las puertas, Rodrigo Navas (estudiante, 12) piensa cómo decirle a su padre, Raúl Navas (abogado, 40), que tendrá que repetir de curso. Diez segundos, el sudor frío en la espalda, las palabras adquiriendo consistencia. El Metro se detiene y su frase triunfal “estación Baquedano, lugar de combinación con línea 5” pasa desapercibida entre dos cachetadas

Los Monos de Baquedano Manipulan la Mente

Nos bajamos en el andén, tú pensando en llegar y yo en el momento en que nos despediríamos. Ese día pensaba dejarte, no por falta de amor, sino por miedo. Sí, ese miedo que me perseguía desde que cumplimos dos meses. Sonó el timbre y llegamos a Baquedano. Una llamada me salvó de tus cariños, esos que seguramente me harían arrepentir. Te reíste de las caras de los monos que hay en las paredes. “No tienen concepto”, dijiste. Yo sólo me reí. Me reí de mí, de cómo en estos años me volviste dependiente y ya no era capaz de dejarte.

Holocausto

Una vez abierta la entrada comencé a bajar por las frías escaleras hacia la oscuridad. ¡Cuánto tiempo había pasado! Los líquenes cubrían gran parte de las paredes, la humedad se sentía en el aire. Llegando al primer nivel, iluminé con mi linterna una gran bóveda alargada, una especie de túnel cubierto de hermosos mosaicos. Hubiera pensado que era un sistema de navegación subterránea, pero era tal la claridad del agua que me permitió ver los rieles en el fondo. Esta especie de tren cubría kilómetros y kilómetros, como un torrente sanguíneo de la tierra.

Dostoievsky

Habría observado con detención a las personas salir humeantes de la boca del Metro. Habría atravesado estupefacto la Moneda bajo la lluvia. Pensativo, le habría comprado una sopaipilla a un perro hambriento cerca del Santa Lucía. Habría cruzado alegremente calles inundadas con niños corriendo a su lado. Le habría levantado el puño a los agresivos e invasores automóviles. Habría probado el mejor navegado en La Piojera con unos amigos. Habría llorado y reído, sentado en un banco, mirando la gente, esperando la micro, entumido. Y habría esperado la nieve, en vano.

Metro Los Héroes

Aquí llega el Metro, atestado de gente como todas las mañanas. Escojo con la mirada desde el andén a mi víctima, mientras repaso mentalmente el plan. Se abren las puertas. El último en bajar es un hombre todavía somnoliento. “Mi víctima”, digo para mis adentros. Él me mira de reojo y entonces ataco: “Hola, ¿cómo está?”, le digo, mientras subo y avanzo por el carro. Él gira. Las puertas se cierran y veo con satisfacción su cara de incertidumbre. Pobre hombre, pensará todo el día quién lo saludó, y yo, no puedo esperar hasta mañana a mi siguiente víctima.

Los Hombres Oscuros

La comunidad de los seres oscuros no necesita transporte porque está a un metro del Metro. Los vi por primera vez entre Moneda y Los Héroes. Un anciano y un niño caminaban por los túneles. Yo no estaba borracho y tampoco tengo mucha imaginación. Imaginación habría sido si me hubiese ido con ellos después de conversar acerca de sus intereses. Dijeron que preferían el anonimato y les encontré razón. No quise divulgarlo con entrevistas por la televisión. Preferí el bajo perfil y estas líneas tómenlas como un desahogo. El viejo murió y el niño recién conoce las calles.

Game Over

“Siempre me pierdo en esta maldita estación”, me dijiste como pidiendo disculpas. No sé para dónde está el norte o el sur, ni cuál es la salida hacia Ahumada. La gente pasaba rápida a nuestro lado. Otras vidas, otras historias que no conoceríamos. Dije lo que tenía que decir. Tú casi no hablaste, pero tus ojos lo decían todo. Nuestras vidas se cruzaron, como los trenes allá abajo. Sólo eso. Sólo tocarnos con la mirada para después partir cargando nuestra costra de soledad. Salí al infierno del centro como un autómata. Eran las siete, y comenzaba a llover.

Santa Lucìa

Todo dormía en la estación. Pasos solitarios bajaron despacio la escalera hacia el andén, oscuro como una sombra. Llegó abajo para quedar esperando, inmóvil, fuera del alcance de las luces. El último tren hacia San Pablo interrumpió el silencio de la oscuridad reinante. De uno de los carros bajó un hombre delgado, pálido y vestido de negro. Llevaba un sable japonés desenvainado. El hombre que esperaba avanzó hacia él, extrayendo un arma similar de su abrigo, mientras lo miraba. Ambos adoptaron la posición de guardia y sus katanas reflejaron la escasa luz que quedaba...