Una inyección de penicilina lo dejó ciego cuando niño. Estudió ingeniería en sonido, pero luego del Golpe Militar le quitaron la beca. Lleva 20 años tocando suaves melodías con su flauta dulce en Providencia y, cuando hace calor, usa un simpático quitasol de papel para evitar las quemaduras en su blanca piel. Tiene 55 años, tres hijas y un perro. Extraña los azules del cielo, pero está feliz con su vida. Hoy no distingue ni las sombras, pero a veces cuando sueña, ve todo tan claro como en aquellos días de infancia perfecta.