El vagón estaba lleno de tigres apestados, leones de terno mirando sus relojes, una que otra serpiente mirando feo, monos aferrados a la barra de acero, cocodrilos escuchando personal y, escondido en la fauna selvática, otro cordero como yo. Me acerqué y le pregunté de dónde era. “De Conce”, me dijo, “¿y tú?”. “De Rancagua”. Fue mi compañero de viaje hasta Los Héroes. Hoy, después de un año, me fijé en un león de rasgos ovejunos. “Lo cambió”, pensé, “la jungla lo cambió”. Probablemente, él debe haber pensado lo mismo, al ver mis garras, mi terno y mi reloj.