Tenía nueve años cuando asfixié a mi hermano Ricardo, de apenas cuatro. Jugábamos, tomé una almohada y la apreté contra su cara. Quise detenerme, pero sus manitos se aferraron a mis brazos para impedir que lo soltara. Fue su idea, de verdad no quise lastimarlo.
A veces me pregunto cuánto llevo ya internado, pero no consigo recordarlo. Nadie sabe mi secreto, porque solamente reirían si dijera que Ricardo siempre vuelve. Anoche, desperté y lo vi de pie junto a mi cama. Sonreía, diciendo: “Escríbelo, enfermo, y veamos si esta vez alguien te cree”.
Siempre termino obedeciéndole.