Una vez abierta la entrada comencé a bajar por las frías escaleras hacia la oscuridad. ¡Cuánto tiempo había pasado! Los líquenes cubrían gran parte de las paredes, la humedad se sentía en el aire. Llegando al primer nivel, iluminé con mi linterna una gran bóveda alargada, una especie de túnel cubierto de hermosos mosaicos. Hubiera pensado que era un sistema de navegación subterránea, pero era tal la claridad del agua que me permitió ver los rieles en el fondo. Esta especie de tren cubría kilómetros y kilómetros, como un torrente sanguíneo de la tierra.

Kart Wrigt, Arqueólogo, Santiago, 2098.