“Siempre me pierdo en esta maldita estación”, me dijiste como pidiendo disculpas. No sé para dónde está el norte o el sur, ni cuál es la salida hacia Ahumada. La gente pasaba rápida a nuestro lado. Otras vidas, otras historias que no conoceríamos. Dije lo que tenía que decir. Tú casi no hablaste, pero tus ojos lo decían todo. Nuestras vidas se cruzaron, como los trenes allá abajo. Sólo eso. Sólo tocarnos con la mirada para después partir cargando nuestra costra de soledad. Salí al infierno del centro como un autómata. Eran las siete, y comenzaba a llover.