“Antes era diferente”, repite el viejo sentado, como todas las mañanas, en el banco de la Plaza de Armas. Se podía caminar sin temor, se podía respirar sin sufrir, alimentar a las palomas sin que éstas se mostraran desconfiadas de las migas que uno amablemente les ofrecía. “Ya lo dijo alguien, todo tiempo pasado es fue mejor”, continúa su discurso sin fin, sin comienzo, repetido hasta la saciedad. “Todo tiempo pasado fue anterior”, le digo, mientras ambos sonreímos, y pienso cómo me veré yo sentado en ese banco, en treinta años más, al igual que mi padre en este momento.