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perros

Ciudad Hambrienta

El vagabundo se arrellanó en la covacha de cartón improvisada en pleno Parque Forestal. “Hace más frío que la cresta”, pensó, desesperado. Era cierto. La brisa invernal cortaba como un cuchillo. Los informes de tiempo pronosticados para esa noche auguraban una temperatura mínima de menos un grado. El hombre, entumecido hasta los huesos, consiguió quedarse dormido. Tuvo un sueño extraño. Intentaba escurrirse de las manos de un Polifemo, un gigante mayestático y monstruoso. Al día siguiente sus cuatro perros le cubrieron la cara de lengüetazos para despertarlo. No lo consiguieron. La ciudad había devorado a otro de sus hijos.