“¡Ándate a la mierda, infeliz!”, le gritó ella, justo antes de escupirle el rostro, abofetearlo y salir dando un portazo. El campeón no intentó detenerla. Se quedó un buen rato en su habitación, tranquilo, pensando. Luego, tomó el tablero y caminó lento por Ahumada. Compró cigarros donde siempre, sin dejar de repasar la escena, hasta que llegó a la plaza y se ubicó en el sitio acostumbrado. Le dio un par de vueltas al asunto, mientras despachaba simultáneamente a seis rivales, y al fin llegó a una conclusión: tantos años estudiando... y ningunas defensa ante ese ataque.