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Paseo Ahumada

Paseo Ahumada

Una vez más, Rodrigo deambula sin rumbo por Ahumada. La soledad se adivina en su actitud. En dirección contraria camina Cristina, quien puede hacer inmensamente feliz a Rodrigo. Si se encontraran e intimaran serían una de las parejas que descubren la verdadera felicidad, aunque sea en el atardecer de la vida. Ambos están a menos de una cuadra, y ocupan la misma vereda. Su encuentro es inevitable. Pareciera que el destino les ayuda en su prometedora unión. Pero en ese momento, sin causa aparente, Rodrigo se cambia de acera.

 

Un Segundo

Se paró en la mitad del Paseo Ahumada y comenzó a gritar. Entonces lo comprobó. Sí, es posible detener el mundo por un segundo.

El Billete

El billete estaba arrugado, sucio, tirado en el Paseo Ahumada. Miró hacia todas partes, lo recogió y con fuerzas lo introdujo en el bolsillo de su bluyin. Comenzó a pensar qué hacer. Un regalo para su madre, zapatos para su hijo, una rosa para María... pero lo primero es lo primero. Se dirigió al local más cercano y pidió un shop con su correspondiente italiano. Tras mirarlo con recelo, la mesera le llevó el pedido, el cual fue devorado rápidamente. Pidió la cuenta y buscó en su bluyin el billete, pero sólo encontró el hoyo que María prometió coser.

Sobre Azul

Hoy es viernes y tengo que despedir a Sanhueza. Mi jefe piensa que ya se lo dije. Pero no es tan fácil. Sanhueza es como veinte años mayor que yo y, cuando llegué a la empresa, fue el único que no pensó que mi puesto lo merecía él. Desde mi oficina observo el Paseo Ahumada y podré ver cuando llegue. Él siempre anda acompañado de un libro. Ahora mismo debe venir en el Metro releyendo alguna historia de Cortázar o Borges, sus favoritos. “¿Para matar el tiempo, Sanhueza?”, le pregunté cuando recién nos conocíamos. “No”, me dijo, “para hacerlo vivir”.