Ella se probó varios vestidos de noche mientras yo revisaba unas chaquetas de cuero. Tras eso, nos detuvimos sospechosamente más tiempo del habitual frente a las argollas de una joyería. Oscurecía ya, mientras paseábamos por el cine, evaluando cuál de las películas allí exhibidas compraríamos pirateada en Ahumada. Ya se acababa el día y aceleramos para alcanzar a tomar el último viaje del Metro. Llegamos a nuestra estación felices, de la mano, aun sabiendo que nos quedaban más de quince cuadras de camino. Por suerte nos alcanzó la plata para un par de sopaipillas.