Estación Central tiene enclaves de tiempos perdidos en todos sus rincones; vórtices inmaculados, sobrevivientes de épocas, de eras que ya no son nuestras. La animita de Romualdito, por ejemplo, permitió conservar el único trozo original del antiquísimo muro en que se hallaba, que dividía el recinto de la vieja estación de ferrocarriles con la calle Borja. Y, por allá por Toro Mazotte, vivió el fallecido maestro folclorista Nano Núñez, aprendiendo cueca de niño con sus vecinos de un cité del frente a su casa. Al final de esta calle, en la esquina de Ecuador, desde el cambio de siglo ofrece sus perniles y pipeños sin comparación la "Picá Pancho Causeo", uno de los más tradicionales restaurantes del sector. La ex Alameda de las Delicias sigue siendo engalanada por la Pila del Ganso y, por calle Gorbea, restaurantes como "El Hoyo" y "El Campesino" aún son postales vivientes del Santiago que se fue, archivado en los álbumes fotográficos blanco y negro.
No es raro que el comercio haya enseñoreado con tanta fuerza al barrio, permitiendo la sobrevivencia de algunas de sus unidades históricas, hasta hoy. La intensa movilización de pasajeros en la Estación Central, durante los años dorados del ferrocarril en Chile, hizo cundir la hotelería, los restaurantes, los hospedajes y los emporios. Sus cuadras eran, de hecho, el segundo centro histórico de Santiago, tan concurrido y agitado como el principal. Sus mercados, particularmente, tenían la vitalidad de la plaza de abastos de Mapocho, alimentados por un intenso intercambio de productos, la mayoría de ellos provenientes del sur en los abundantes cargamentos de los trenes.
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