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Estación Central

"PANCHO CAUSEO": MÁS DE UN SIGLO DE CHILENIDAD AL CHANCHO

Es común que algunos restaurantes santiaguinos presuman de representar tradiciones de chilenidad y de cultura urbana. Es un cliché con cierto valor y comodidad pues, además de ahorrarle al locatario grandes gastos en decoraciones sofisticadas o conceptos de ambientación, permite darle de inmediato al negocio una connotación de empatía que garantiza las visitas de cierto tipo de comensales y, además, sirve de anzuelo a los turistas pajarones.

Desde nuestro punto de vista crítico, sin embargo, la presunción de chilenidad y tradición para esta clase de locales la otorga no sólo la imitación de los patrones estéticos u ornamentales de lo que los chilenos reconocemos como nuestra propia identidad, sino el hecho de que dichos establecimiento hayan crecido con la propia formación de la chilenidad a la que aluden, siendo depositarios de esa vertiente cultural y, a su vez, irradiadores de la misma.

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BENDITO RETAZO DEL PRIMITIVO COMERCIO URBANO, SOBREVIVIENDO EN LA ESTACIÓN CENTRAL

Estación Central tiene enclaves de tiempos perdidos en todos sus rincones; vórtices inmaculados, sobrevivientes de épocas, de eras que ya no son nuestras. La animita de Romualdito, por ejemplo, permitió conservar el único trozo original del antiquísimo muro en que se hallaba, que dividía el recinto de la vieja estación de ferrocarriles con la calle Borja. Y, por allá por Toro Mazotte, vivió el fallecido maestro folclorista Nano Núñez, aprendiendo cueca de niño con sus vecinos de un cité del frente a su casa.

Ruby Reencarnada en una Mendiga

Llevaba sentada horas, observando ir y venir a trenes sin decidir qué hacer. Los miraba desde lejos con el riel como punto de fuga. Comenzaba a construir su propio cuadro gris. Y verde, cómo le gustaba el verde. Imaginaba la Estación Central añeja, insípida, descuadrada. Tenía esa manía de abstraerse de la realidad, de buscar un pasaje en su memoria inventada y reformar el alrededor. Su cuerpo triste y su ropa oscura harían pensar que rezaba. Sin embargo no estaba triste, ni menos rezaba. Dejaba pasar sus días así: siempre estampados por el humo y los silbidos de frenos.

Los Niños del Metrotren

Se golpeaban y se reían de ellos en la misma medida. Saltaban por las líneas del Metrotren y el paisaje de latones y basura les era indiferente. Eran cinco y querían ser cinco por lo menos hasta su adolescencia. Sólo miraban con respeto los viejos postes telegráficos que partían hasta Rancagua. Algo de eso habían escuchado en la escuela y, teniendo once años y nada, era lo más cerca que creían estar de lo infinito.

Santoago Oriente

Kali camina por Estación Central con sus cuatro brazos al viento y su camiseta de Ronaldinho. En una mano sostiene una espada y en la otra un bolso escrito en sánscrito comprado en Bandera. Almuerza chapsui y mongoliana en San Pablo, bajo la mirada sonriente de un gordinflón Buda de porcelana. Recorre la ciudad en micro: Alameda, Mapocho, Gaza y Seúl. En Patronato regatea telas de Don Abdul y conversa con un opositor de Kim Jong II. Termina la jornada en el motel de Margas yaciendo amorosamente con su Shiva envueltos en curry, incienso y salsa de tamarindo.